Bello: una ciudad cercada por la mafia y la corrupción

CerroQuitasol

Por Jandey Marcel Solviyerte

Cuando nací en Bello en los años setenta, por mano de partera, este era aún un pueblo en todos sus aspectos. En la mayoría de las casas se convivía con animales domésticos e, incluso, personajes como don Gabriel García, a quien recuerdo un hombre hecho de monte, vivían con animales salvajes: tigrillos, icoteas, iguanas, ardillas, serpientes, armadillos, osos perezosos, guacamayas, halcones, zorros, y algunas otras especies, eran de los habitantes más emblemáticos de aquel zoológico en miniatura adonde íbamos de niños a relacionarnos con las pequeñas fieras, en esa diminuta selva en la que el viejo Gabriel convirtió su casa. Yo nací en un tugurio construido en la ladera; luego mis padres compraron un lotecito en La Primavera, cerca de la casa de don Gabriel. Detrás de mi casa pasaba un afluente de la quebrada La García donde nos bañábamos los sábados y los domingos cuando no trabajaban en la arenera de los Builes y el agua dejaba de fluir turbia para volver a su claridad natural; al frente quedaban unas cuantas casas y el resto eran mangas con árboles florales y frutales: ceibas, gualandayes, urapanes, guayacanes, carboneros, cámbulos, totumos, algarrobos, guamos, pomos, guanábanos, naranjos, mangos, guayabas, arrayanes, limoneros, mandarinos. Riachuelos bañaban los campos en su verde primigenio. Quienes habitan a Bello hoy día tal vez piensen que miento con esta descripción bucólica de un paisaje campesino.

Sin embargo, así era Bello, y en este escrito voy a utilizar a La Primavera como sinécdoque del municipio y de algún modo, del país. No era extraño estar en la sala de una casa departiendo con familiares o amigos y que en cualquier momento entrara en fila media docena de vacas que dejaba algún mojón en mitad de la reunión o de la fiesta. Se cogía una pala, se quitaba el mojón, se limpiaba con papel periódico y luego con la trapeadora. Todo seguía normal. Al rato salía una recua de mulas con una jauría de perros cazadores y algunos hombres con escopetas que se iban al monte a cazar. Si en la casa de don Gabriel había tantas especies, es de inferir que las montañas que circundan el territorio contenían a su interior a estos y a otros animales: liebres, cusumbos, guaguas, guacharacas, gallinaciegas, gavilanes, babillas, corales, rabodeají, y en el páramo, pumas y osos de anteojos. Pero el pueblo también tenía en la zona urbana otro tipo de fauna: fieras humanas como Maineo, Tibis, Patepescado, Gata Angora, los Horqueteros, hacían parte de la criminalidad. Los camajanes eran hombres —y mujeres, como fue el caso de algunas Horqueteras— que se jugaban la vida en el malevaje. Un martes, casi a las 7 de la noche, mientras veía en un televisor a blanco y negro una serie de ficción, un ruido lejano que al principio fue un murmullo se acrecentó hasta convertirse en una algarabía de gritos y de espanto. Maineo se había adelantado a su enemigo Tibis y con un arma blanca lo había dejado con las vísceras expuestas al aire. El puñal, el machete, eran las armas preferidas por estos malevos; principalmente el primero. Quizá pensaban que era más refinado que el burdo machete con el cual se mataban los montañeros.

A mi casa ya la había visitado, no la muerte, sino la matanza. Mi padre fue asesinado cuando yo apenas contaba con tres años. En consecuencia, me había familiarizado con ella. Vi cómo Tibis agonizaba mientras pedía agua y después lo vi morir. A mi padre lo vi ya muerto sobre una camilla; luego en el ataúd. En aquel hombre pude ver cómo se escapaba de sus ojos la vida; cómo se apagaba esa chispa que llamamos alma. Me gustaba cantar a capela canciones populares y a cambio recibía algunos centavos; en ocasiones pesos por cantar. Patepescado era uno de los que más dinero me daba. Me entregaba dos o tres pesos para que yo cantase y recuerdo que fue quizá de los primeros aplausos que recibí en la vida. Aquel malevo formó conmigo un lazo de amistad. Era joven, fuerte y valiente. Una vez en un billar discutió con Uriel, uno de los hermanos Horqueteros, y cuando aquel sacaba un puñal para atentar contra Patepescado, este le lanzó una bola de billar que dio justo en su frente hundiéndole el cráneo al instante. Uriel se desvaneció y cayó al piso, adonde fue a dar Patepescado para quitarle el puñal y con él rematarlo. El barrio se volvió un frente de batalla entre los Horqueteros y Patepescado con sus amigos. Mes y medio más tarde, en una pequeña cantina improvisada en la casa de doña Socorro, quien aún vive, desde un vehículo dispararon contra el bandido, hiriéndolo de muerte. Una mujer gorda se bajó del carro y con un puñal lo remató sellando así su venganza. A Uriel lo vi morir a manos de Patepescado. A este lo vi cuando ya estaba muerto, debajo del quicio de la puerta. No puedo negar que lloré la muerte de aquel hombre, a quien sentía como un amigo que gustaba de escucharme cantar La mula pedorra.

Gata Angora era otro de los personajes de aquella época del malevaje. Era un camaján muy joven, apuesto y ágil. Había enamorado a varias muchachas y esto le había causado otros problemas. Gata Angora era grande y fuerte, haciendo honor a su apodo. En una ocasión vi cómo sobre los tejados se escurría de sus enemigos, hombres y mujeres que le disparaban desde distintos ángulos y él, como un felino, saltaba de un tejado a un árbol, de este a otro tejado, y contestaba a los disparos a su vez con un revólver. Maineo era el más temido de todos; al menos en esta zona de Bello. Era un guerrero solitario. Un bandido que, según se cuenta, tenía su código de honor. Sus enemigos, en cambio, no concebían código alguno, y “le picaron arrastre”, como se dice coloquialmente cuando a alguien se le engaña con cualquier artilugio para asesinarlo. Como una de sus pasiones era el juego, supuestos amigos lo invitaron a una partida de cartas y mientras estaba concentrado en el juego fue degollado. Con Maineo terminaba la época de los camajanes en cierto modo honorables. Fue a principios de los años ochenta. La Primavera, Bello, Antioquia y Colombia estaban mutando.

La economía de un pueblo mayoritariamente obrero y en menor medida agrícola, se vio en apuros con la debacle de los Ferrocarriles Nacionales en su División Antioquia, así como con el inicio del desplome de Fabricato, la empresa más importante del municipio, y con el ingreso de la roya que afectó los cultivos de café en todo el país, acabando con una tradición cafetera que databa de mediados del siglo XIX, como el historiador Manuel Uribe Ángel en su Historia y Geografía del Estado Soberano de Antioquia lo consignó, que el mejor café de la provincia era el que se cultivaba y producía en Hato Viejo, recién renombrado como Bello. Ese vacío económico, sumado a la ya consumada negligencia e inoperancia del Estado, permitió que el narcotráfico ingresara de lleno a emplear toda esa mano de obra barata que las laderas y periferias de Colombia, de Antioquia y de Bello tenían por ofrecer.

Al principio las bandas eran desarticuladas: cuchilleros que robaban prendas, asaltaban a los pobladores, hurtaban bicicletas, negocios del comercio barrial; bandas como los Monjes, los Killers (kylis, como les decíamos), los Canecos, hacían de las suyas en el pillaje menor. Hasta que un personaje de Niquía, Toño Zapata, quien había sido parte de un grupo de izquierda, sirvió de lugarteniente y reclutador de Pablo Escobar, cambiando el destino de una generación completa y de muchos jóvenes de las generaciones futuras. Junto con Julio Rengifo y otros jóvenes dispuestos a venderle su alma al diablo Escobar, Toño Zapata logró juntar en una federación hasta ese momento inédita a muchachos de las bandas en emergencia, consolidando una banda madre como lo fue La Ramada. De un momento a otro, niños de extracción humilde, de vestimentas paupérrimas, curados ya en las lides del hambre, aparecían hechos todos unos gánsteres, con ropas nuevas y costosas, con motos y camionetas último modelo, con armas que hasta ese momento solo se veían en las películas gringas.

Fue así como muchos conocimos el término traquetear. Los narcos pagaban muy bien cualquier trabajo, y los jóvenes arriesgados y sin temor al peligro escalaron rápidamente posiciones en los organigramas de las bandas de sicarios más importantes del país. No era de extrañarse que un día estuvieras con tu compañero de estudio en el salón de clases, tu pupitre vecino al suyo, y al día o a la semana siguiente verlo en las noticias nacionales, muerto o capturado por haber asesinado a un juez, a un ministro, al procurador general de la nación. En Envigado se fraguaban los crímenes; las bandas de las comunas de Medellín y las de Bello ejecutaban los dictámenes que “el patrón” trazaba para ellas. Finales de los ochenta y la década de los noventa estuvieron marcados por ese sino trágico. Jóvenes lanzados a los dientes del molino, triturados, pasados por el trapiche como caña jugosa, y luego de exprimidos, bagazos secos que se echaban al horno de la desmemoria. Miles de muchachos murieron en aquellos años terribles que, si fuésemos una sociedad sensata, con esa diezma hubiera sido suficiente para aprender la lección y retomar el camino perdido. Pero no fue así.

De la vieja y desgastada Ramada surgieron otras bandas y otros mandos que estaban en crecimiento, y su auge vendría de la mano del paramilitarismo, al principio del bloque Metro de las Autodefensas, y luego de haber sido derrotado por el bloque Cacique Nutibara, bajo el auspicio de este, comandado por alias Don Berna, quedaron las bandas del municipio. Bello seguía creciendo y su importancia a escala departamental y nacional también; lamentable decir que era por motivos de violencia y corrupción, dos de los males aún presentes, que fuimos destacados a lo largo y ancho del territorio. La alianza entre funcionarios del Estado, empresarios, ganaderos, hacendados y paramilitares hizo un cerco a la población civil y secuestró a la institucionalidad a su favor. Casos se vieron como los del exalcalde Rodrigo Arango quien, cuando se encontraba en campaña dijo en un concierto de salsa, en plena plaza pública que había quiénes lo señalaban de que iba a ser el alcalde de los pillos y su voz resonó por los altoparlantes: “Y sí, voy a ser el alcalde de los pillos”. Una algarabía estalló en júbilo y toda la pillamenta del pueblo —que estaba convirtiéndose en ciudad— no solo lo aplaudió encendiendo los marihuanos, mientras Henry Fiol cantaba en la tarima La fuma de ayer, sino que también lo llevó al primer cargo de la municipalidad arroyando en las elecciones.

Cuando la fórmula funcionó, otros políticos como Óscar Suárez, al principio aliado de Arango, terminaron por concentrar el poder administrativo para sí mismos. En el caso de los Suárez, han gobernado casi veinte años los destinos de lo que hoy día es una ciudad, la segunda del departamento. Del puñal se avanzó al revólver y a la subametralladora; de estos se pasó a los fusiles, los cuales amenazan a la población por la nueva ruptura entre las bandas; pacto que duró unos cuantos años, en una alianza silenciosa de políticos y bandas criminales.

La herencia funesta de Pablo Escobar, que no desaparece derribando el edificio Mónaco, sino ofreciendo el cumplimiento de los mínimos derechos fundamentales, sigue viva en el ideario de los bellenses, quienes pareciera que además de aprender a vivir gobernados por la delincuencia bajo su imperio de terror, legitimaran esta forma de vida, donde el pillo es la figura a admirar, a respetar y a emular. Los ídolos de barro del paramilitarismo y del narcotráfico abundan, y mientras uno es dado de baja o hecho preso, otro está ascendiendo en la escala de las organizaciones delincuenciales, y uno más está siendo reclutado, gracias a la falta de estudio, de salud, de empleo; en pocas palabras, por falta de justicia social. El poder político y el poder mafioso se fusionan en una sinergia tal que no dejan espacio a posturas políticas y a manifestaciones culturales distintas a las tradicionales; y el clientelismo junto con la corrupción avanza de manera descarada a la par que los pillos extorsionan a la población, la amenazan, la desalojan, la persiguen y la asesinan. Nadie escapa: negocios, casas, vendedores ambulantes; tal es así que hasta los trabajadores de los semáforos tienen que pagar vacuna al pillo del sector. Todo esto bajo el auspicio de una institucionalidad resquebrajada que solo se sostiene con el crimen y que al ir perdiendo poderío a escala departamental o nacional se aferra al último bastión que le queda: el cantón local.

La actual coyuntura de violencia por la cual atraviesa el municipio debe analizarse desde sus causas; desde sus orígenes barbáricos que se afincan en los tiempos de Escobar. Muerto el gran capo de la mafia en diciembre de 1993, tanto sus seguidores como sus persecutores vieron en la conjunción que este proponía (mafia y Estado) la solución a sus ambiciones. A la par que Álvaro Uribe Vélez había sido elegido como gobernador de Antioquia para el periodo 1995-1997, un humilde conductor de volqueta que trabajaba para el municipio, hijo de una maestra de escuela y de un policía, Óscar Suárez Mira, fue elegido como alcalde de Bello para el mismo periodo. Ambos líderes —guardando las proporciones— eran carismáticos y tenían una fuerte base popular que los apoyaba. Terminados los periodos constitucionales en los que cada uno fungió en el cargo al que fue elegido, ambos políticos estaban preparados para seguir escalando posiciones en la política nacional. Uribe Vélez se direccionaba para ser presidente de la república y Óscar Suárez Representante a la Cámara y, con posteridad, Senador. La amistad entre los dos líderes se fue consolidando.

Si bien después de su administración Suárez no tenía el poder que posteriormente alcanzaría, ya estaban sentadas las bases para su emporio político. Las elecciones siguientes fueron ganadas por Rodrigo Arango, del partido liberal, y en las posteriores fue elegido Rodrigo Villa Osorio, también del partido liberal. Los Suárez, del partido conservador, sufrieron dos derrotas en ambas elecciones; situación que en vez de menguar las habilidades de Óscar, lo atizaron para seguir adelante con sus proyectos, dentro de los cuales destacó el Movimiento Alas Equipo Colombia, creado en compañía de Luis Alfredo Ramos, futuro gobernador del departamento y uribista pura sangre. Suárez alcanzó su curul en la Cámara de Representantes en 2003 y desde antes del 20 de julio cuando se posesionó había movido todos los hilos para que alguien de su clan, que apenas se estaba fortaleciendo, llegara al poder local. Olga Suárez Mira, hermana del Representante, llegó a la alcaldía en el año 2004, en el periodo que fue hasta 2007. Desde entonces, la familia no ha soltado la administración en el municipio. Mientras las pugnas políticas estaban candentes, más candente era la guerra interna.

Dos facciones paramilitares se enfrentaron en cerca de cuarenta municipios de Antioquia, y Bello no fue la excepción. De un lado el bloque Metro, conformado en la hacienda Guacharacas, de propiedad de la sociedad Gallón Henao & Uribe Vélez, durante la gobernación de Álvaro Uribe. Su origen, esencialmente antisubversivo, chocó con lo deferentes que fueron otros líderes paramilitares, entre ellos Carlos y Vicente Castaño, quienes recibieron en el seno de las mismas a confesos narcotraficantes como alias Don Berna, y para Rodrigo Doble Cero, comandante del bloque Metro, era un error de aquellos jefes permitir que los narcos se beneficiaran de la lucha antisubversiva y de las garantías que el gobierno nacional, para esa época en cabeza del propio Uribe Vélez, les había ofrecido a los paramilitares en una futura desmovilización. Como bien lo demostró Pablo Escobar, el poder del narcotráfico logró socavar todos los estamentos de la sociedad e, incluso, de la ilegalidad. El bloque Metro fue derrotado en San Roque y en otros pueblos del valle del río Nus; último bastión que tenía Doble Cero en su proyecto de unas Autodefensas netamente antisubversivas. Esto propició que el bloque Cacique Nutibara copara todos los territorios.

Los Suárez apoyaron a Uribe Vélez en su primero y segundo mandatos. Las alianzas eran evidentes. Las políticas locales cumplían a la perfección los lineamientos del gobierno nacional. Luego vinieron las desmovilizaciones, que no fueron más que otro ardid del poder surgido de la connivencia entre funcionarios del Estado del más alto nivel y capos de la mafia y del paramilitarismo entronizados en gran parte del territorio nacional. Bandas al servicio del narcotráfico se vieron beneficiadas con equipamiento y en lo operativo con hombres, armamento, negocios ilegales, lavado de activos, posicionamiento geoestratégico. Organizaciones como Pachelly, El Mesa, Los Chatas, Los Triana, entre otras, consolidaron su accionar y su potencial bélico, gracias a las falsas desmovilizaciones, porque, mientras en ellas se entregaban armas viejas y descompuestas, el verdadero arsenal llegaba a las bandas. El poder político y el poder mafioso crecían impunes en un connubio criminal sin talanqueras.

En el periodo 2008-2011 la Casa Suárez, como la misma Olga la llama, ganó de nuevo la alcaldía con su candidato Óscar Andrés Pérez, quien gobernó dos años y medio bajo las directrices de Óscar (en su campaña el eslogan era “Bello quiere un Óscar”) y el final de su periodo se demarcó de la orilla política que lo llevó al primer cargo municipal. Los Suárez, por su parte, no le perdonarían tal despropósito, generando una persecución de todo tipo hacia su antiguo discípulo, que les resultó bien aventajado. En aquellas elecciones derrotaron al candidato liberal Jhon Jairo Roldán, miembro a su vez de una familia también de tradición política en Bello, quien denunció fraude. Sin embargo, el poder de los Suárez era tal que atrajeron para su causa al líder liberal, quien con su equipo negoció con el conservatismo, formando una especie de Frente Municipal donde solo los candidatos de una y de otra casa, al concejo, a la asamblea, a la cámara y al senado, eran los más proclives a ocupar los cargos.

El desprestigio de las instituciones llegó al límite de que para las elecciones de 2011, en las que se buscaba llegar a la administración para el periodo 2012-2015, la manipulación de esta alianza llegó al límite de que hubo un solo candidato a la alcaldía, Germán Londoño, quien fue derrotado en octubre de 2011 por el voto en blanco. Un voto histórico, simbólico, pero sin mayores consecuencias en la vida democrática de la emergente ciudad. Si bien gran parte de los votos en blanco fueron gracias a un movimiento que sembró conciencia electoral en los bellenses, el trasfondo es más terrorífico, al saber que estamos a expensas de los caprichos de los gamonales electorales. Jhon Jairo Roldán, quien alcanzaba curul en la Cámara de Representantes, había manipulado a parte del electorado para que votara en blanco, con el fin de que hubiese nuevas elecciones, donde, en apariencia, se diera una franca lid democrática. Seis candidatos asistieron a los comicios, pero cinco eran de la alianza Suárez-Roldán, y solo una candidata, Luz Imelda Ochoa, representaba en parte la independencia.

La estrategia funcionó, porque para ese periodo no solo tenían de nuevo la alcaldía, esta vez en cabeza de Carlos Muñoz, quien había sido elegido como concejal, y que, aun con todo y el impedimento que la ley expuso y fraude denunciado, se juramentó como alcalde. También lograron curul para Olga Suárez en el senado, una para Mauricio Parody en la Cámara, dos para Gloria Montoya y Rigoberto Arroyave en la Asamblea; la coalición liberal-conservadora en el concejo municipal, surtió beneficios que recibían solo los que eran fieles a la alianza Suárez-Roldán. Este es el momento cumbre del poder suarista en el municipio. Un poder tal que, incluso uno de los más férreos opositores del clan Suárez, el actual representante a la Cámara y exconcejal por el partido Alianza Verde León Fredy Muñoz, inició su carrera política en Alas Equipo Colombia, con quien se presentó en el 2003 al concejo sin alcanzar silla. No obstante, fue designado como Secretario del Concejo, hasta su distanciamiento con Óscar. Todas las esferas del poder estaban copadas por esta familia, legales e ilegales, como lo demostró la Corte Suprema de Justicia al condenar a Suárez por parapolítica, y al llevarle otros procesos por enriquecimiento ilícito, gracias a sus alianzas con Don Berna, El Alemán y el Tuso Sierra, reconocidos paramilitares que se desmovilizaron en el circo de Ralito.

En el 2013 Óscar Suárez es condenado y llevado a prisión. La alianza con Uribe se había resquebrajado, y en la pelea que este tuvo con su antiguo Ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, para el segundo periodo de este la Casa Suárez pactó beneficios con Juan Manuel Santos, teniendo en cuenta que no solo Óscar, sino también su hermana Olga estaban siendo procesados por la Corte Suprema; de ahí su cercanía con el gobierno Santos. Esta traición, así como la sintió Uribe, dio al traste con las relaciones entre los viejos amigos. Para el periodo 2016-2019, fue elegido César Suárez Mira, hermano de Óscar y de Olga, como alcalde del municipio, completando de esta manera cuatro periodos constitucionales llevando las riendas de un pueblo que, más por la cantidad de personas que por las condiciones físicas y administrativas, se ha convertido en ciudad.

Carlos Muñoz fue inhabilitado para ejercer cargos públicos y para volver a participar como candidato a cualquier cargo de elección popular; en cuanto que el actual alcalde, César Suárez, ha estado preso y se le sigue un proceso que muy seguramente lo llevará a seguir el camino de su antecesor. Los favores políticos recibidos del gobierno Santos, fueron al descaro, tanto que Óscar salió de la cárcel para apoyar la campaña de César, y después quedó prófugo de la justicia. Ahora, con el gobierno de Iván Duque, cobijado por la sombra de Uribe, los Suárez tienen pocas opciones de sostenerse en el cantón municipal, el mismo que han exprimido sin descanso largo tiempo.

Con la extradición de algunos paramilitares, entre ellos Don Berna, jefe de la llamada Oficina de Envigado, esta estructura entra en una crisis con el enfrentamiento en el área metropolitana de Medellín entre alias Sebastián y alias Valenciano, quienes consideraban tener las capacidades para dirigir la estructura delincuencial. Ambos terminaron capturados. Es ahí donde ingresa en el organigrama la jefatura de Carlos Chata, alias Tom, quien pasó a ser la cabeza visible de la oficina de Envigado, ahora con sede en Bello. Durante este periodo, Bello, a diferencia de otros municipios del valle de Aburrá, vivió una relativa tranquilidad. El dominio político y mafioso estaba en manos de una alianza que lograba mantenerse. Con la entrega de Tom a la DEA —la cual se hizo pasar como un positivo de las fuerzas armadas, aquí en Colombia, en el país de los falsos positivos— el organigrama volvió a tambalear. Al punto de que el propio Popeye, exlugarteniente de Pablo Escobar, quien estaba con Tom en el momento de la supuesta captura, dice que “ni por el putas” se metería a Bello. Estas solas declaraciones de quien a sí mismo se llama “el general de la mafia”, son prueba de que el problema de Bello es estructural, y que lo que comenzó con Toño Zapata y Julio Rengifo, ha tomado el suficiente vuelo como para obligar a cualquiera que llegue a la alcaldía a negociar.

Miente el político que pretenda aprovechar la coyuntura de violencia en pleno año electoral, al decirle a la ciudadanía que un gobierno independiente puede hacerse cargo él solo del tema del orden público, sin llegar a una negociación civilizada con las bandas al servicio del crimen multinacional. En lo que va del año más de quince jóvenes han muerto en esta guerra urbana —que el investigado alcalde César Suárez quiso negar— por el control del territorio, el cual es utilizado no solo para la venta de estupefacientes, sino también de productos legales que los combos han acaparado para sí: huevos, arepas, pipetas de gas, carnicerías, graneros, panaderías, discotecas, el renglón inmobiliario, donde siempre hay que pagarles. La ruptura del combo de Niquía Camacol con la banda Pachelly se viene dando desde el intento de homicidio por parte de esta banda contra alias Guayabo, antiguo jefe de los Pachelly, quien ahora se alió con la banda de El Mesa, que al ver debilitadas a las otras estructuras delincuenciales, como los Chatas y los Pachelly, quiere tomar el control del territorio.

En La Primavera, donde hasta el año 2006 ningún combo había podido consolidar su dominio, la frontera invisible descansa en un tácito hilo entre dos calles, las únicas del barrio (antigua vereda), donde, del lado oriental mandan los Pachelly y del occidental los Chatas; el ambiente es tenso. Bello es un pueblo fiestero, y no es de sorprender que con el auge de las redes sociales, donde puede verse claramente videos de pillos en motocicletas haciendo disparos, de individuos que accionan fusiles y armas automáticas, y de muertos que caen a plena luz del día, la gente no quiera siquiera salir a disfrutar de la noche.

El poder de las bandas y el terror que siembran en la ciudadanía es de proporciones aún no dimensionadas. Ahora resulta que como estamos en año electoral, y los viejos poderes se ven amenazados tanto en el ámbito político como en el mafioso, las muertes, que desde los años ochenta no han dejado de suceder, solo que se ocultaban echando los muertos al río, sin darles la importancia mediática que hoy tienen, hacen pensar que algo más grande hay en el fondo.

La Primavera, hecha un barrio árido rodeado de canteras de arena, de botaderos de escombros, de plantas de sacrificio para cerdos, se despierta en tensa calma, con sus habitantes atemorizados, con el silencio como condición para poder seguir viviendo. “Grato es morir. Horrible vivir muerto”, decía el poeta y pensador cubano José Martí. Los habitantes de este barrio, de este municipio, de este país, estamos viviendo muertos: por el miedo, por el silencio cómplice, por seguir un modelo despreciable como lo es el del narco. Ahora vendrán los salvadores a pacificar el municipio, para que su filantropía se traduzca en votos.

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