CATEDRA LENIN EN LA U DE A: PREGUNTAS INCÓMODAS

Antes que hacer una apología de un evento que no deja de publicitarse por sí mismo (100 años de la revolución rusa; Lenin el teórico político de la revolución; Jesús Santrich de las FARC; Iñaki Gil del país Vasco…)

Me parece pertinente lanzar unas preguntas al aire, así como se lanzan pelotazos a ver quién los recibe, panfletos a ver a quién se le sacude la modorra, o flechas para dar el tiro al blanco.

En fin, aquí van:

1. ¿Por qué, si en la universidad hay tantas expresiones del movimiento estudiantil afines a los procesos revolucionarios y emancipatorios, el Camilo Torres parecía un velorio, plagado de gente con cierto aire de importancia (ya nadie practica la inimportancia tan importante para saldar los egos y vencer el rumor con el humor), con ciertos humos de rebeldes salidos de la clandestinidad, y sin grandes aportes al debate que se propuso? Es decir, aparte de la poca asistencia para la calidad de los ponentes y la pertinencia del tema, el estudiantado dio cuenta de un infantilismo risible, digno para una novela sobre el absurdo y el nihilismo de la época.

Tres intervenciones del público, entre ellas una del moderador, dieron esta fatídica sensación. La primera, insólita, del moderador hacia Santrich, como un niño que le pide al “maestro” alzar el velo de maya de la revolución (¡quiero exagerar porque tengo risa!), le pide al rebelde que sintetice las tesis de abril que dan nacimiento al partido de las FARC. Y el interlocutor de las FARC, obviamente, esquiva la pregunta con toda sinceridad, diciendo que eso no es posible, apenas las están estudiando ellos mismos hacia el interior y, lógicamente, no se sintetizan como los libros de texto que se leen en los pregrados de ciencias humanas (libros sobre los autores que hacen creer que se sabe de los autores a quienes los leen, es más, como dijo el ponente Tolosa, que vuelven a los estudiantes críticos de quienes no han ni siquiera leído sino solamente en referencias, por ejemplo, a Marx).

La segunda intervención, un estudiante oriundo de Urabá, exhabitante de la Comuna 13, y con doctorado en Canadá (esta presentación se la hizo él mismo), le plantea a Santrich el por qué está siempre a la defensiva en las entrevistas como la que le hizo Vicky Dávila en la W. Que por qué no acepta que las FARC tienen víctimas y toda esa babosada mediática con las que han querido mostrar a la insurgencia como maquiavelos de la selva. El interpelado Santrich responde breve: ¿acaso no te has dado cuenta que eso no es periodismo sino una máquina de guerra y de complots al servicio de sus acaudalados jefes empresariales?

Y la última, para no alargar esta queja, le pide a los panelistas que aterrice a Lenin en la realidad colombiana, como pidiendo la fórmula de la redención revolucionaria. Obviamente lo mandaron a leer su propia realidad, el análisis concreto de la realidad concreta, sin fórmulas mesiánicas ni salidas redentoras.

Todo esto para cerrar con una escena digna de una película de humor al estilo real realismo mágico de nuestro trópico abrazado por el sol y la pasión. Por la locura y la vanidad. Por el autoritarismo y la sed de figurar. Esta es la escena: Santrich, aparte de estar escoltado por un esquema de seguridad con escoltas profesionales, fue escoltado por unos estudiantes que se creían agentes de seguridad….escoltas sin una aguja.

Entraron al Camilo Torres por la puerta de atrás como en una película gringa, cuidando al susodicho de un posible ataque en la peligrosa y paraca U de A. Nadie niega que en la U hay y habrán agentes encubiertos del Estado y de la Sijín, pero tampoco es un bastión paramilitar donde no se puede debatir y romper ese imaginario de Antioquia como un lugar sumamente peligroso para las ideas revolucionarias.

Se ve que estos voluntariosos escoltas tienen un imaginario bastante lamentable del pueblo: lejano, desconfiado, agresivo. Su actitud protectora camufla un autoritarismo complicado de disimular porque aman aparecer, estar, ser otro aparecido. Ido el protegido, los guardianes se pavonearán como machitos capaces de escoltar al mismo mesías. En la noche, antes de dormir, la lucidez de la soledad les descifrará su ridículo. Y, tal vez, cuando se quieran quitar esa máscara, ya la tendrán pegada en la cara para siempre. En fin. Santrich se pudo haber paseado por Barrientos, oler la humedad de las jardineras, dejarse saludar por el incauto que nada sabe de Lenin pero algo de amor tiene por un artista como Santrich, un poeta de la tierra al estilo Miguel Hernández que ve con los ojos del alma. Y el invitado entendería, con o sin conocimiento, el significado de un paseo sobre el cerco, como un ciego al que hablasen en colores.

Estos guardianes estudiantiles, no contentos con ese hálito incómodo que de por sí dan los verdaderos escoltas, redoblan la sensación de película barata y absurda, y marginan al personaje de la universidad, lo confinan a un teatro vacío, a entrar por la puerta de atrás como en una “misión imposible” criolla, asesinan la posibilidad, siempre histórica, de bajar al otro al plano más bello de la cotidianidad, la franqueza, la frescura, la inteligencia que por naturaleza es desinhibida. El amor al desconocido que quiere, así sea por curiosidad, escuchar y ver a un guerrillero con la potente elocuencia de su lenguaje insurrecto.

Y sigo: ¿por qué preguntas tan bobas y actitudes tan ramplonas, ansiosas de protagonismo, se toman una oportunidad, reitero, histórica, de dialogar a profundidad con un personaje clave para entender la realidad colombiana actual desde otra orilla? por qué, sencillamente, en vez de academizar o intelectualizar el acto, no se aprovechó, por ejemplo, para analizar la coyuntura actual con preguntas como: ¿cuál es la importancia de que las FARC estén en la U de A hablando de Lenin? ¿Cuál es la perspectiva de unidad entre las FARC y el ELN en la búsqueda de articular los dos procesos de paz? Y me dirán: ¿por qué no hiciste tú esas preguntas? Y les diré: ¡porque el acto en el Camilo Torres nació muerto, lleno de temores y visajes. Porque quería a Santrich abajo de las tarimas, en la plaza pública, agitando así sea con esa aura que se manda de cantante del pueblo, rebelde Caribe, carisma juglar. En vez de leer eso y propiciar un diálogo más tranquilo, el moderador del primer día hace de él mismo una estampita adorable, lee un fragmento del periodista Arturo Alape cargado de un simbolismo que para un evento sobre Lenin resulta desarticulado, anacrónico y hasta bucólico, y bueno, una náusea recorre el Camilo.

Y termino: me disculparán pero el personaje de Santrich es el protagonista que a mi juicio, si nos dejáramos de misterios y guevonadas, se pudo haber paseado por la universidad no como por un campo de batalla lleno de peligros y acechos imaginarios, y sí como un líder social al que el pueblo quiere, aún el antioqueño tan godo, como a un guerrero digno de escuchar por fuera de los micrófonos de la prensa oficial. Y también por fuera de los conciliábulos revolucionarios con que los estudiantes escoltas y el mismo que preguntó por las tesis de abril quieren recubrir la sencillez del hecho. ¿No habrá manera de aprender, como en el Tao, a aparecer sin aparecer, a no figurar y de esa manera figurar, a dejar de que la realidad y no tanto la ficción sea la que nos interpele con toda su cadena de sutilezas? ¿Cómo aprehender aquello del pequeño detalle aún en la política?

Por: Camila Quintero, estudiante de periodismo

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